Dios expresó su misericordia a nuestra discapacidad
Dios ha provisto la salvación por medio de los méritos de su Hijo amado, Jesucristo. Esta salvación no se obtiene por medio de las obras ni por los sacrificios que hacemos, ni por medio de la obediencia individual, ni por los sacramentos. De hacerlo así, Jesucristo no vendría a ser el objeto principal de nuestra salvación. Dios la proveyó porque los seres humanos originalmente están inhabilitados para agradar a Dios por medio de lo aludido.
Imagínese usted este retrato de una persona que está totalmente incapacitada, no teniendo la habilidad de no moverse cuando lo desea ni reaccionar emocionalmente, sino que está condicionada a una asistencia fuera de ella. ¿Podría usted de alguna forma depender de ella para oponerse a las decisiones que usted tome con relación a ella? Creo que no. La opción es la de usted de ayudarla o desayudar a la persona. De cualquier forma, es tu decisión o no la de ella por las condiciones en que se encuentra.
Así es la condición espiritual del hombre natural. Su entendimiento está oscurecido, su voluntad está pervertida y es dominado por una enemistad profunda contra Dios. Su condición de pecado no afectó solo una parte de su ser, sino que tomó posesión del alma entera y del cuerpo entero; es decir, su facultad está incapacitada y muerta al pecado y es propensa a la vanidad y las mentiras; su corazón es rebelde y lleno de pensamientos pecaminosos. Tal condición lo hace completamente discapacitado. Ref. Romanos 3:10-18; Efesios 2:1-3.
Estar muerto e incapacitado no es lo mismo que estar enfermo. El muerto no tiene reacción, no tiene conocimiento, no está al tanto de la presencia de una persona. El muerto, por definición, está muerto. La muerte, por definición, implica una condición irreversible sin intervención externa, y esto es precisamente lo que la Escritura enseña sobre la condición del hombre no regenerado. En otras palabras, la muerte bíblica se entiende como un estado de separación; en particular, la muerte espiritual representa la separación entre Dios y el hombre por la condición en que se encuentra al no ser regenerado por la sangre y justicia de Cristo. Esta muerte se caracteriza por la incapacidad absoluta y total para responder.
Su condición no puede conocer a Dios, no puede entenderlo, es insensible a Él, no puede comprender a Dios, no puede tener una relación con Dios, no puede hacer Su voluntad, no puede cumplir Su Palabra y por eso no puede disfrutar de Su bendición. En cambio, lo crucial aquí es que, aparte de la intervención de la gracia de Dios, los seres humanos son incapaces espiritualmente de remediar su condición por sí mismos. Aunque los hombres conservan libertad para elegir en asuntos naturales, aún están inhabilitados para elegir el bien espiritual sobre el mal, pues su voluntad está en esclavitud a su naturaleza pecaminosa. Esto no es una limitación accidental, sino constitutiva de la muerte espiritual.
Romanos 5:8: «Pero Dios demuestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». Efesios 2:4-6: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados).
Finalmente, el nuevo nacimiento es, conforme al apóstol Pablo, una verdadera resurrección espiritual por una unión vital con Cristo y solo Dios puede efectuar esta transformación, pues solo Él posee el poder de dar vida donde hay muerte absoluta.