Escribo para exhortarme a mí mismo antes de poder exhortar a otros.

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Ismael Hilerio, Jr. Ismael Hilerio, Jr.

El perdón de Dios: un consuelo eterno

Es un consuelo saber que el perdón de Dios a través de Jesucristo nos garantiza su amistad y una esperanza que nadie puede arrebatar ni siquiera la muerte, a pesar de lo que dicen los arminianos en sus teologías. El perdón de Dios identifica su fidelidad y su carácter inmutable.

Cuando hablo del perdón que hemos recibido de Dios, tengo que afirmar que no puede compararse con el perdón que una persona puede darte en contra del agravio que hiciste hacia ella, porque su perdón no es garantizado, ya que está condicionado por emociones imperfectas y por un corazón que está inclinado al mal. ¿Has oído alguna vez el refrán anglosajón que dice “Indian giver”? Lo que dice el refrán es que, si una persona te dio un obsequio o te perdonó y, luego, más tarde, en una situación problemática, la misma persona puede sacar en cara lo que te había hecho o dado, sea el obsequio o el perdón.

Sin embargo, el perdón de Dios no es igual: «Yo soy el que borro tus transgresiones por amor a Mí mismo, y no recordaré tus pecados».  Esta afirmación se encuentra principalmente en Isaías 43:25 y se reitera en Hebreos 8:12 y 10:17, indicando el establecimiento de un nuevo pacto de gracia donde afirman que los pecados perdonados ya no son tenidos en cuenta.

  • La definición de la palabra «perdón»

La palabra perdón proviene del prefijo latino per y del verbo latino donāre; el conjunto de ambas palabras significa «pasar una ofensa por alto» y «dar libertad de un castigo». Es la suspensión del castigo y la culpa, liberando al culpable de su obligación, omisión o falta hacia una ley o persona.

  • Contexto histórico

La Biblia presenta el perdón de Dios como un acto fundamentalmente ligado a su carácter compasivo e inmutable y firme, reconciliando la humanidad—los redimidos—con él. Esto implica que Dios posee compasión en perdonar (Daniel 9:9), y este perdón no es un concepto secundario, sino que es el mensaje central de la Biblia—de la historia de la redención. Al decir que Dios afirma «borrar las rebeliones por amor a sí mismo», lo que envuelve es que su perdón lo abarca todo por gracia. Es decir, su perdón no se basa o no es el objetivo de nuestra obediencia, sacrificios, ni por obras, ni por los sacramentos, sino que exclusivamente Dios nos otorga su misericordia y su justicia por amor a sí mismo. Por esta razón, en el contexto del Nuevo Testamento, cuando nos presenta el Nuevo Pacto, se menciona en el contexto de Dios en la obra de Jesucristo, lo que implica que el perdón ya ha sido pagado y ha eliminado la necesidad de sacrificios adicionales.

Para ser más preciso, cuando leemos el Antiguo Testamento, vemos que David proclama con gratitud que el Señor es sumamente «bueno y perdonador», proclamando la grandeza de su misericordia para con todos los que invocan su nombre. (Salmo 86) Por otra parte, Miqueas 7:18-19 destaca la singularidad de Dios al perdonar la maldad y olvidar el pecado de su remanente; y exalta al Señor, preguntándose: «¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad y olvida el pecado del remanente de su heredad?» y prosigue asegurándonos que Dios no se detuvo en su enojo, porque el mismo Dios se deleita en su misericordia y sepultará nuestras iniquidades, echándolas todas ellas en lo profundo del mar, todos nuestros pecados. Esto afirma que el perdón de Dios en Jesucristo nos hace su propiedad.

Las Escrituras son la fuente de sabiduría eterna que nos hace comprender qué es el perdón y los beneficios que conlleva; nos presentan que la obra de Jesucristo en la cruz fue el medio para obtener un perdón perfecto que no será quitado ni quebrantado por el pecado. Es un perdón que está fundamentado en el carácter del Dios todopoderoso.

  • El perdón en las Escrituras posee un significado profundo que trasciende en su proceso la simple remisión de ofensas.

El perdón se entiende como un término que hace referencia al tribunal de Dios, donde ocurren transformaciones tanto legales como personales, siendo Jesucristo nuestro «Abogado», «Profeta», «Sacerdote» y «Rey». Por ejemplo, en 1 Juan 2:1, nos dice que tenemos un abogado constante ante el Padre y esto se debe a los pecados ocasionales del creyente, a sus debilidades a causa del engaño y malicia de Satanás. El uso de «nosotros» en esta posición denota que todos estamos expuestos al peligro de pecar. Cristo es nuestro Intercesor en el cielo; y en su ausencia y acá en la tierra, el Espíritu Santo es el otro Intercesor en nosotros.

Por otra parte, Jesucristo es también nuestro Profeta, revelándonos mediante su Palabra (Evangelio) y su Espíritu la voluntad de Dios para nuestra salvación y librarnos de la ira venidera de Dios. Jesucristo también es nuestro Sacerdote, al haberse ofrecido a sí mismo en sacrificio, una sola vez, para satisfacer la justicia divina, y nos ha reconciliado con Dios, intercediendo continuamente por nosotros; y, último, Jesucristo es nuestro Rey, sometiéndonos a él mismo, gobernándonos y defendiéndonos y venciendo a todos los enemigos suyos y nuestros. Todos estos procesos nunca suelen detenerse, sino que prosiguen en su perseverancia hasta el día que Jesucristo venga a buscar a los suyos. Es decir, la perseverancia de su perdón radica en su gracia inalterable. Esa fue la convicción del apóstol Pablo en Romanos 8 al afirmar que, por el perdón de Dios, somos más que vencedores, y en Filipenses 1:6 al expresar que Dios es fiel en terminar la buena obra en nosotros.

  • El propósito divino tiene por fin evitar la comisión del pecado en nosotros, como también destruir el pecado en su totalidad.

En su dimensión más fundamental, el perdón implica la cancelación de la penalidad que corresponde al pecado y la liberación del castigo que Dios impone en su justicia, lo cual descansa en el sacrificio vicario y expiatorio de Jesucristo y nada más. De manera breve, el perdón significa que los cargos se retiran porque se han satisfecho las demandas de la justicia de Dios por nosotros. Eso implica que el perdón de Dios es el resultado de la obra de Cristo y no por los deseos de nuestro corazón, porque, antes de que el perdón llegara a nuestro corazón, el corazón estaba muerto—Efesios 2:1-2.

Finalmente, el perdón de Dios nos garantiza la esperanza eterna porque en Cristo hemos sido reconciliados con el Padre. Implicando en nosotros la libertad para volver a Dios, ser parte de su familia y formar nuestro carácter al de Cristo; sosteniéndonos con su gracia hasta que seremos levantados entre los muertos, y esto es un acto de la misericordia de Dios, donde decide no recordar ni tener presente las iniquidades que han sido perdonadas. Con esto quiero decir que es lo opuesto del Indian giver.

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Evangelio Ismael Hilerio, Jr. Evangelio Ismael Hilerio, Jr.

La importancia y la necesidad del Evangelio

El carácter cristiano debe ser moldeado cada día por el evangelio. Esto establece la base para la meta que tenemos por delante hacia nuestra santificación y transformándonos mediante la renovación de nuestra mente, así como lo instituye el apóstol Pablo en Romanos 12:1-2; y para cumplir con ese fin, debemos tener en cuenta que el evangelio es la noticia que debe ser escuchada a través de la predicación de la Palabra, leer la Palabra y meditar en la Palabra estando bajo la superintendencia del Espíritu Santo. ¡Es una norma que no puede pasar por alto ni tenerla con vacilación! Ya que hay miseria espiritual en nosotros que debe ser transformada a la imagen de nuestro Salvador Jesucristo.

  • La necesidad del evangelio: un cambio constante hacia la santidad y nuestra transformación.

Por otra parte, hay que reafirmar que el evangelio no solamente nos informa sobre la vida de Jesucristo, como el personaje principal que tomó nuestro lugar en humillarse al nacer bajo una condición humana; y esto, para cumplir lo que nosotros no podíamos cumplirle a Dios: la obediencia a Su perfecta ley. Por esta razón, el evangelio anuncia las buenas nuevas de salvación. Si alguien preguntase: ¿De qué seremos salvos? ¿Por qué la importancia del evangelio? La respuesta sería: «de la ira venidera de Dios» (1 Tesalonicenses 1:10) y esto es solamente por los méritos de Jesucristo. Mostrando que estamos fuera de comunión con Dios y nuestra relación con Él está completamente quebrantada, sin remedio a la recuperación por los esfuerzos humanos. Por esta razón, el evangelio nos anuncia la importancia de las buenas noticias, no buenos consejos o una opinión que debemos considerar, sino la única solución para restaurar el problema humano.

  • ¿Cuál debería ser nuestra actitud?

Debemos preocuparnos de dar oídos al evangelio día tras día porque somos personas olvidadizas y porque su mensaje a través de la Palabra nos santifica y cultiva en nosotros una nueva identidad en Cristo. Es decir, vivir desde lo que Dios ya hizo por nosotros en Cristo—1 Corintios 5:17. Esa seguridad que nos ofrecen las buenas nuevas del evangelio nos conduce a cambiar la forma en que reaccionamos cuando fallamos o cuando se nos trata injustamente, porque sabemos que el evangelio de su gracia es sumamente mayor.

Otra razón de su necesidad es que lo que antes buscábamos por orgullo, miedo o aprobación ahora se va desplazando por amor, gratitud y fidelidad en la obediencia, mostrando en sí un cambio radical que solamente lo puede dar el Espíritu de la Trinidad. Por esta razón, el carácter se ve en decisiones pequeñas y constantes, no solo en momentos intensos, sino de forma progresiva, llevando su curso en cumplir lo que Dios se ha propuesto hacer desde la eternidad pasada en la vida del creyente: nuestra santidad.

Finalmente, hemos percibido que el evangelio moldea el carácter porque transforma el centro de quienes somos: nuestra identidad, nuestras motivaciones y nuestra manera de responder al bien y al mal, cultivando en nosotros una perspectiva bíblica de lo que es su mensaje y de lo que debe ser nuestro carácter: reflejar el carácter de Cristo en la obediencia a la Palabra y exponiendo la santidad de nuestro Dios en nuestra vida.

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