Soy el hombre que vivía como el necio, sin referencia a Dios ni a Su ley. Me creía el protagonista de la película y pensaba que tenía todo bajo control. Pero la gracia de Dios en Cristo Jesús entró a mi vida inmerecidamente y me mostró la realidad de mi condición natal, la página oscura de mi vida: muerto al pecado con una extremada pobreza espiritual, prisionero y esclavo de mi propia miseria. Nacido en pecado, sin fe y sin esperanza (Salmo 51:5; Efesios 2:1-3). Sin embargo, por la gracia de Dios, hoy vivo para Su gloria en Cristo Jesús, teniendo mi gozo en Él para siempre y aún sigo con la enorme necesidad de Su gracia continua.
Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hebreos 10:39).
La soberanía de Dios significa «poder supremo» y «libertad de un control externo». Estas definiciones describen perfectamente a Dios, porque no existe un poder superior a él y tampoco existe alguna influencia que lo controle.