Las palabras de Jesucristo tienen credibilidad
Si alguien tiene una palabra fidedigna y con credibilidad, es Cristo. En su ministerio, antes de partir y terminar lo que Dios le había encomendado, les dijo a los discípulos que la hora se aproximaba de Él marcharse, lo cual los tomó a todos de sorpresa. Jesús vio entonces que las caras de los discípulos estaban sorprendidas con preguntas al pensar que Cristo partiría para estar nuevamente junto al Padre y ellos no podían acompañarlo en ese momento. Imagínese usted compartiendo con una persona querida por tres años consecutivos, donde usted compartió experiencias, enseñanzas, mientras que la amistad crecía mutuamente y, de momento, la persona le expresa que tendrá que marcharse a un lugar donde usted no podrá acompañarle. Lo más seguro es que no, pero si le sucedió, tal vez no reaccionaría como reaccionaron los discípulos. Ya que vivimos en tiempos donde la influencia de este mundo ha dominado nuestros sentimientos.
Esa fue la historia de los discípulos cuando andaban por tres años consecutivos con el Señor. Ellos pensaban que nunca se apartarían de Jesús, pero no fue así. La sorpresa de que Jesús iba a marcharse los tomó desprevenidos. En el momento podían sentirse con temor al saber que ahora ellos andarían sin Cristo… Fue el comienzo de todos ellos sentirse vulnerables porque su maestro no estaría con ellos para guiarlos y protegerlos. Pero en cambio, Cristo siempre tenía un compromiso con ellos; su amor era inseparable y quería hacerles saber que él enviaría un Consolador para guiarlos en espíritu y en verdad. Cristo les prometió que el Padre enviaría otro Consolador para estar no solamente con ellos, sino con nosotros también (Juan 14:16-17), y esta promesa transforma radicalmente nuestra experiencia, al igual como transformó las experiencias de cada discípulo.
El término «Paráclito» significa literalmente «el que es llamado junto a uno». El Espíritu Santo actuará como un abogado o defensor que ayuda al imputado a defenderse en un proceso no conveniente. Aunque se traduce como «Consolador», la palabra abarca mucho más que consuelo emocional. Quien está bajo la cobertura del Espíritu Santo por el conocimiento de sus misterios divinos obtendrá sus frutos en la conducta cristiana, como lo son el gozo, la paz, la paciencia, el amor, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio y la alegría en su corazón (Gálatas 5:22-23), pero esta alegría surge de algo más profundo: una comprensión transformadora de la verdad divina. De la verdad que ha sido proclamada por Jesucristo mismo, que transforma el corazón y el carácter para asemejarse a Cristo en la obediencia de su Palabra.
A pesar de las circunstancias que podemos enfrentar en esta vida, Cristo nos ha prometido estar junto a nosotros por medio del Espíritu Santo para cumplir las funciones específicas en nuestra vida. ¿Ves la credibilidad de su Palabra? Cristo es fiel para depositar nuestra confianza total en él. El Espíritu Santo es quien nos enseña todas las cosas y nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho en su ministerio terrenal; así como lo hizo con los apóstoles, aún lo continúa haciendo con nosotros por medio de su Palabra, que es verbalmente inspirada e inerrante (Juan 14:26). El mismo Espíritu Santo nos guiará a toda verdad, hablando lo que oye y haciéndonos saber lo que habrá de venir (Juan 16:13-14) por medio de la Palabra. Aquí no hay dos agendas distintas, sino la que Cristo promovió bajo la voluntad del Padre. Además, cuando el Espíritu Santo viene, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:17-18). Ese es el privilegio más notable para el ser humano.
Finalmente, la credibilidad de la promesa de Cristo sigue en pie y lo más significativo es que desde los tiempos primitivos hasta cuando Cristo regrese físicamente, no estaremos solos; el Espíritu Santo está en nosotros como Consolador para dirigirnos y guiarnos, así como lo hizo con los discípulos y nuestros hermanos y hermanas en el pasado, ayudándonos a seguir a Jesús. El Paráclito es nuestro Consolador mientras caminamos en este mundo en medio de dificultades y bajo la tentación de la tristeza. Su presencia no es abstracta ni distante, sino íntima y transformadora. Es decir, bajo la superintendencia del Espíritu Santo estaremos en la santidad progresiva hasta que lleguemos a asemejarnos a nuestro Salvador.
Cristo lo ha prometido y su Palabra está escrita con tinta de sangre, en la cual podemos descansar en Él.