Nuestra condición y una respuesta a las inquietudes
El hombre siempre será confrontado con su miseria y pobreza espiritual. No tengo ninguna duda sobre este asunto. Aunque muchas personas tengan opiniones que contradigan esta afirmación, la Santa Escritura presenta un cuadro consistente de la condición humana sin Cristo, caracterizada por la universalidad del pecado y sus efectos devastadores en cada aspecto de la naturaleza humana.
Por ejemplo,
Universalidad y totalidad del pecado: Todos han pecado y carecen de la gloria de Dios (Rom 3:23), una realidad que se extiende sin excepción. No existe persona justa, nadie entiende ni busca a Dios, todos se han desviado y ninguno hace lo bueno (Romanos 3:10-12). Esta condición no es accidental, sino heredada: el ser humano nace en iniquidad, concebido en pecado (Salmo 51:5), y la muerte se extendió a todos porque todos pecaron (Romanos 5:12).
Corrupción integral de la naturaleza: La depravación afecta cada dimensión del ser humano. Los no regenerados están muertos en delitos y pecados, viven según los deseos de la carne y la mente, y por naturaleza son hijos de ira (Efesios 2:1-3). El corazón es más engañoso que todo y sin remedio (Jeremías 17:9), mientras que la mente puesta en la carne es enemiga de Dios y no puede sujetarse a su ley (Romanos 8:7-8).
Incapacidad espiritual y moral: El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen necedad y no puede entenderlas (1 Corintios 2:14). Los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus acciones eran malas (Juan 3:19). Todo el que comete pecado es esclavo del pecado (Juan 8:34), una esclavitud que impide cualquier liberación por esfuerzo propio.
Manifestaciones prácticas: Aunque conocían a Dios, no lo honraron ni le dieron gracias; sus razonamientos se hicieron vanos y profesando ser sabios se volvieron necios (Romanos 1:18-32). La maldad de los hombres es tanta que toda intención de los pensamientos de su corazón es solo hacer siempre el mal (Génesis 6:5).
Pasajes bíblicos adicionales: La paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús (Romanos 6:23), estableciendo el contraste entre la condición natural del hombre y la única solución posible. Todas nuestras obras justas son como trapo de inmundicia (Isaías 64:6), revelando que ni siquiera nuestros mejores esfuerzos pueden remediar nuestra condición fundamental.
Confrontados por las preguntas: ¿Dónde buscamos el sentido de la vida? ¿Qué es lo que hemos estado buscando para sentirnos realizados o descubrir la felicidad? ¿Hemos encontrado ya la felicidad? ¿Dónde puede hallarse el sentido de la vida? ¿Dónde puede hallarse?
Como hemos visto, nuestra condición bajo el sol está espiritualmente incapacitada y muerta para satisfacer las demandas que conciernen al espíritu. Ningún hombre, ante los ojos de Dios, es perfecto. Solamente Jesucristo es el perfecto que manifestó la semejanza del Padre perfecto. Por esta razón, la predicación de Jesús tiende siempre a un llamamiento perfecto y personal. Esto se aplica tanto al mensaje que anuncia salvación como al que anuncia perdición. La proclamación del llamamiento se puede dirigir en forma de interpelación general. Por ejemplo, «Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar». Esto incluye cargados con preguntas y respuestas que, en nuestra incapacidad, no satisfacen al espíritu. O Isaías 55:1, donde hace la invitación: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman». Al igual, Jesús, estando en una fiesta, como lo registra Juan 7:37, exclamó: «Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba». La invitación de su mensaje es una proclamación general que constituye que todo hombre escuchará y tendrá un conocimiento del evangelio.
¿Aún estás lidiando con preguntas y respuestas que todavía no han tranquilizado tu corazón? Empleando el corazón inquieto de Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
La respuesta a tus preguntas que acosan tu corazón está únicamente en Cristo Jesús. Baste como muestra: conocer a Jesucristo es fundamental porque Él representa el centro absoluto de la fe cristiana y la clave para comprender tanto la vida espiritual como el propósito humano: «glorificar a Dios y gozar de Él para siempre». Sin Jesucristo no existe fundamento que dé sentido a la existencia humana y, como único Mediador, encarna la verdad y la acción salvadora de Dios.
Charles H. Spurgeon expresó sobre el apóstol Pablo lo siguiente:
«Habiendo transcurrido más de veinte años después de su conversión, Pablo les dice a los filipenses que deseaba conocer a Cristo»; y pueden estar seguros de que entre más conozcamos de Jesús, más desearemos conocer de Él y así aumentará nuestra fe en Él. Procuren conocer especialmente la doctrina del sacrificio de Cristo, pues ese es el centro del blanco al que apunta la fe; este es el punto al que la fe salvadora se adhiere principalmente: que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados». Y concluye diciendo: «La fe empieza con el conocimiento; de aquí el valor de ser enseñados en la verdad divina, pues conocer a Cristo es la vida eterna».
--Charles H. Spurgeon, Sermones de Spurgeon (México: Allan Román, 2014), 27; 1609: 3.