El legalismo, el enemigo del evangelio

¿Te has preguntado qué Dios requiere de nosotros? Dios requiere que la justicia absoluta de la ley sea cumplida. Él no acepta menos que la perfección porque Él es un Dios tres veces santo. ¿Cómo, pues, una persona puede ser justa delante de Dios, sabiendo que no puede cumplir con la ley? Al mirar todo el panorama del evangelio desde su comienzo en Génesis 3:15 hasta el Apocalipsis con la afirmación del «Amén» en la historia de la redención, debemos concluir con gratitud que somos más que afortunados porque Cristo cumplió la ley como nuestro sustituto. Esto implica que, cuando Cristo nos recibe (Juan 6:37-40), Dios nos atribuye la justicia perfecta de Cristo.

Ahora, por este acto de misericordia inmerecida de Dios, Él nos mira a través de sus ojos puestos en Cristo. Así, adquirimos una perfección prestada, la cual es la base de nuestra aceptación permanente frente a Dios. ¿Por qué entonces complicarnos la vida con un legalismo religioso? Que imponen los fariseos del momento, queriendo esclavizar a sus miembros con doctrinas hechas por hombres, cuando Cristo fue el sacrificio máximo y Su obediencia perfecta, dándonos por ella la esperanza eterna.

¿Qué dice el Diccionario de la lengua española acerca del legalismo? Primero, el legalismo es la tendencia a la aplicación literal de las leyes, sin considerar otras circunstancias. O formalidad o requisito legal que obstaculiza o impide el eficaz funcionamiento de algo.

El legalismo es el enemigo de la gracia personificada en Cristo porque impone una lista de obligaciones que paralizan ver con claridad y eficacia la gracia inmerecida que Dios proveyó a los escogidos cuando envió a Cristo a la cruz. El sacrificio de Jesús es la única causa eficaz de nuestra salvación y no es el legalismo. La crucifixión de Cristo no solo suministró la salvación, sino que la cumplió y la garantizó.

En contraste con la gracia, el legalismo representa un error fundamental porque altera la razón del evangelio. Es decir, coloca nuevamente al cristiano bajo el régimen de la ley cuando el apóstol Pablo afirma continuamente a través de sus epístolas que estamos bajo la gracia y no bajo la ley. En esencia, el legalismo busca lo imposible: que la ley cumpla lo que solo el evangelio puede hacer a través de la justicia de Cristo, transformando el evangelio mismo en la ley y no en la gracia. Más aún, la ley puede producir una conformidad exterior a sus demandas en las personas, ¡pero nunca puede salvar, ni tampoco puede producir la santificación, ni mucho menos lo que Cristo ha cumplido a favor de los escogidos del Padre! Solo el evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús puede hacer esto.

Por esta razón, el problema central del legalismo radica en su fundamento teológico erróneo. Asume que las obras humanas pueden, en algún grado, merecer justicia ante Dios. Esto distorsiona tanto la salvación como la santificación: la salvación deja de verse como gracia recibida por la sola fe en Cristo, y la vida cristiana se convierte por sus obras en el medio para obtenerla, en lugar de ser su fruto de la salvación y de la santificación misma.


Confiar en los méritos de Cristo es el punto culminante para nuestra salvación.


Finalmente, la solución a este problema de la distorsión del legalismo radica en comprender que, puesto que la gracia de Dios nos ha redimido y renovado, estando ahora el cristiano bajo la superintendencia del Espíritu Santo, debemos avanzar en nuestra vida santificada habilitados por todo lo que Cristo ha hecho. Viviendo libre y alegremente para Su gloria y gozando de nuestra relación con Él para siempre. Esto subraya que todas las doctrinas de la Reforma protestante del XVI han llegado a la conclusión de que la salvación es por la gracia solamente, sin ninguna contribución humana, y en Cristo hemos sido justificados con su justicia.

En cambio, lo opuesto vendría a ser un evangelio distorsionado que busca ganar la salvación a través de las obras. ¿Qué Dios requiere de nosotros? Es crucial entender que Dios requiere una confianza exclusiva en Cristo. Ya que el sacrificio expiatorio de Jesucristo, aunque es perfecto y completo, no puede beneficiar a quien deposita su confianza en algo diferente, porque esa otra cosa, como lo es el legalismo, se coloca entre esa persona y Cristo. En cambio, una persona se vuelve aceptable ante Dios solo al depositar toda su confianza en Su Hijo Jesucristo, y después de ser salvada, persevera en una vida aceptable para Dios únicamente mediante la continuación de su confianza plena en Jesucristo.

Ismael Hilerio, Jr.

Constancia. Disciplina. Crecimiento.

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