El perdón de Dios



El perdón de Dios a través de Jesucristo garantiza su amistad y la esperanza eterna. Lo opuesto de lo que puede ofrecer una persona.

El perdón que recibimos de Dios no puede compararse con el perdón que una persona puede darte en contra del agravio que tú hiciste hacia ella, porque su perdón no es garantizado, ya que está conducido por emociones imperfectas y por un corazón inclinado al mal. ¿Has escuchado alguna vez el refrán anglosajón que dice “Indian giver”? Lo que indica el refrán —es que una persona puede darte un obsequio y aun perdonarte y, luego, más tarde, en una discusión, la persona te lo reclamará, sacándote en cara lo que te había dado—.

El perdón de Dios no es igual.

La palabra perdón proviene del prefijo latino per y del verbo latino donāre; el conjunto de ambas palabras significa, respectivamente, «pasar una ofensa por alto» y «dar libertad de un castigo». Es la cesación del castigo y la culpa, liberando al culpable de su obligación, omisión o falta hacia una ley o persona.

La Biblia presenta el perdón de Dios como un acto fundamentalmente ligado a su carácter compasivo e inmutable y firme, reconciliando la humanidad—los redimidos—con él. Dios posee compasión en perdonar (Daniel 9:9), y este perdón no es un concepto secundario, sino que es el mensaje central del cristianismo.

Las Escrituras son la fuente de sabiduría eterna que nos hace comprender qué es el perdón y todo lo que conlleva, y nos presentan que la obra de Jesucristo en la cruz fue el medio para obtener un perdón perfecto que no te será quitado ni quebrantado.

De hecho, el perdón en las Escrituras posee un significado profundo que trasciende la simple remisión de ofensas. Bíblicamente, el perdón se entiende como un término que hace referencia al tribunal de Dios, donde ocurren transformaciones tanto legales como personales, siendo Jesucristo nuestro «Abogado», «Profeta», «Sacerdote» y «Rey». Por ejemplo, en 1 Juan 2:1, nos dice que tenemos un abogado ante el Padre y esto se debe a los pecados ocasionales del creyente, a sus debilidades a causa del engaño y malicia de Satanás. El uso de “nosotros” en esta posición denota que todos estamos expuestos al peligro de pecar. Cristo es nuestro Intercesor en el cielo; y en su ausencia y acá en la tierra, el Espíritu Santo es el otro Intercesor en nosotros. Por otra parte, Jesucristo es también nuestro profeta, revelándonos mediante su Palabra (Evangelio) y su Espíritu la voluntad de Dios para nuestra salvación. Jesucristo también es nuestro Sacerdote, al haberse ofrecido a sí mismo en sacrificio, una sola vez, para satisfacer la justicia divina, y reconciliarnos con Dios, y al interceder continuamente por nosotros; y, último, Jesucristo es nuestro Rey, sometiéndonos a él mismo, gobernándonos y defendiéndonos, y refrenando y venciendo a todos los enemigos suyos y nuestros. Todas estas actividades nunca suelen detenerse, sino que prosiguen en su perseverancia hasta el día que Jesucristo vendrá a buscar a los suyos.

El propósito divino tiene por fin tanto evitar la comisión del pecado como destruir el pecado.

En su dimensión más fundamental, el perdón implica la cancelación de la penalidad que corresponde al pecado y la liberación del castigo que Dios impone en su justicia, lo cual descansa en el sacrificio vicario y expiatorio de Jesucristo. De manera concisa, el perdón significa que los cargos se retiran porque se ha satisfecho la demanda de justicia. Eso implica que el perdón de Dios se constituye en la esperanza eterna como el resultado de la obra de Cristo y no de la volatilidad de nuestro corazón.

Finalmente, el perdón de Dios en Jesucristo garantiza esperanza eterna porque Cristo es el medio de reconciliación y la base de la promesa de vida nueva. Esa esperanza no se sostiene por fuerza de voluntad, sino por la fidelidad de Dios que actúa en Cristo y transforma al creyente hacia una vida con Él, implicando en nosotros la libertad para volver a Dios, formar el carácter con el tiempo y nos sostiene con su gracia.

Ismael Hilerio, Jr.

Constancia. Disciplina. Crecimiento. Confesional.

Next
Next

La necesidad del Evangelio