La adoración a Dios



Personalmente, la adoración significa buscar el reino de Dios y su justicia, amar a Dios con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Estos son actos de obediencia en la adoración a Dios.

Estoy consciente de que todos los cristianos estamos llamados a adorar a Dios en el diario vivir, ya que no se limita a un momento «religioso», como ir a la iglesia una o dos veces por semana, sino que abarca la manera en que el cristiano piensa, decide, sirve, habla y reacciona ante la vida. En la práctica, se puede expresar en hábitos espirituales y también en acciones concretas como lo son la obediencia, la gratitud, la integridad y el amor primeramente a Dios y al prójimo (Gálatas 5:22-23 y Mateo 22:37).

La adoración no se limita a momentos de servicio congregacional, sino que permea cada aspecto de nuestra existencia cotidiana. No existe distinción bíblica entre lo sagrado y lo secular en nuestras vidas; cada momento representa una oportunidad para adorar a Dios.

En lo práctico, significa dar a Dios el lugar que le corresponde. Es reconocer su santidad y justicia, buscar su voluntad y responder con gratitud, obediencia y amor (Mateo 6:33). «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Ahí está el propósito de nuestra existencia y adoración en «buscar primeramente».

Significa también reconocer a Dios en lo cotidiano: familia, trabajo, estudios, finanzas, descanso tanto físico como espiritual. En la conducta se debe reflejar la fe, la integridad y la obediencia: no solo lo que se dice, sino lo que se hace. La vida se orienta a agradar a Dios: motivaciones, prioridades y carácter. Es tener conciencia de que vivimos para glorificar a Dios y tener nuestro gozo en él para siempre; y, último, expresar la gratitud en tiempos difíciles.

En el Antiguo Testamento, adorar era un acto completo que incluía tanto el aspecto espiritual como el físico de la persona que adoraba. Es decir, la participación integral del individuo en la adoración no se limitaba a una actividad meramente mental, sino que los cinco sentidos humanos se involucraban de manera activa en el culto y en la devoción personal. —R. C. Sproul, Todos somos teólogos: introducción a la teología sistématica.

La adoración en la vida diaria significa transformar nuestras actividades ordinarias en actos de devoción.

Dado que nunca podremos ofrecer nada a cambio acerca del hecho de que Dios nos haya perdonado nuestros pecados y nos haya incluido en Su familia, solo hay una respuesta racional: la adoración. Con esto, Pablo no se refiere únicamente a cantar algunas canciones los domingos por la mañana. Pablo describe una adoración razonable, presentándole nuestro cuerpo y toda nuestra vida a Dios como si fuéramos sacrificios santos y aceptables. La diferencia entre esto y los sacrificios de animales del Antiguo Pacto es que debemos ser sacrificios vivos, y debemos vivir nuestras vidas sirviéndole a Dios continuamente (Romanos 12:1).

Revelación y respuesta

En el centro de la adoración en la vida cristiana está Dios mismo. Para que adoremos verdaderamente a Dios, se requieren dos elementos fundamentales: el primero es la revelación especial—su Palabra, por la cual Dios se manifiesta y se revela al hombre, y la respuesta, con la que el hombre anonadado responde a Dios con gratitud y obediencia a lo que le ha sido revelado. Martín Lutero afirmó que «conocer a Dios es adorarle», incluyendo así ambos aspectos de la adoración. También insistió en que la adoración no es algo extra y opcional para el creyente piadoso, sino un indicio o expresión esencial de ese conocimiento que ha recibido.

Dios se ha dado a conocer de varias maneras: por medio de sus obras en la creación (Sal. 19—su gloria, su poder y sabiduría); por medio de su Palabra escrita (Sal. 19:7); supremamente, por medio de Jesucristo (Juan 1:18); y por medio del Espíritu Santo (Juan 16:13). La adoración en la vida cristiana depende de esa revelación que se ha obtenido por gracia inmerecida, y por eso está basada en la teología. Es decir, el conocimiento del Dios altísimo a través de Jesucristo.

Finalmente, nuestra adoración y salvación no es solo un evento del pasado; se debe manifestar en una vida que continúa creyendo y transformándose a la imagen de Cristo y caminando hacia Dios en la adoración y en la santidad, siendo Cristo el camino.

Ismael Hilerio, Jr.

Constancia. Disciplina. Crecimiento. Confesional.

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