La imagen no lo es todo

 

«Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 Samuel 16:7).

He aprendido que la sabiduría de este mundo enseña engañosamente a creer que, si uno es intrínsecamente bueno, es fundamental para vivir una vida moral y espiritualmente realizada, una vida con propósito y sentido, y así lograr lo que siempre deseamos en esta vida: éxito, reconocimiento y respeto. Sin embargo, esta cultura es opuesta a la enseñanza bíblica que tenemos por delante, ya que pasa por alto los resultados devastadores del fracaso de Adán y Eva en obedecer a lo que Dios les había ordenado a ambos: «no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal porque, de hacerlo, morirían espiritualmente». (Génesis 2:16-17).

  • El éxito en el contexto cultural.

Es cierto que podemos tener una vida notable y gozar de lo que deseamos si trabajamos con fervor y nos disciplinamos en realizar una carrera, mientras que en el proceso podemos preocuparnos por nuestra personalidad. Deleitarse de buena reputación social, pertenecer a una hermandad educativa, estar financieramente estable y ser identificados como personas de buena influencia general y en cualquier campo de interés social o educacional. Aunque este cuadro no es nada malo para tener como objetivo. No obstante, debemos proseguirlo con un propósito claro y bíblico sobre estos asuntos de intereses personales.

¿Por qué la tesis? Porque aún podemos gozar de todo el prestigio que la cultura pueda ofrecernos; sin embargo, no es lo suficiente para satisfacer el corazón y tener una vida espiritualmente realizada, porque cuanto más tiene el corazón estando sin Cristo, más continúa deseando el corazón. Lo que implica todas estas cosas que buscamos para realizar una vida con propósito y sentido; hay que aferrarnos a que Cristo esté sentado en el corazón como Rey y Señor para que nuestros propósitos estén en línea con la Palabra y fundamentados en apuntar a la gloria de Dios como el proveedor de lo que por gracia inmerecida hemos obtenido, estando nosotros bajo su cuidado. Es decir, la providencia de Dios orquestando nuestros pasos y cultivando en nosotros la imagen de Cristo y, a la vez, teniendo una respuesta bíblica al problema del «yo y la influencia de la cultura» y no sumergirlo en la idolatría.

  • La desobediencia no tiene buenos resultados.

La voluntad del hombre lo llevó a su desobediencia, y como resultado ha sido catastrófica, que lo inclinó al pecado y cayeron ambos, Adán y Eva, de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado y contaminados en todas las partes y facultades del alma y cuerpo. (Confesión de Fe de Westminster, capítulo 6; Romanos 3:10-18)

La Escritura siempre ha enseñado lo opuesto de la sabiduría de este mundo. Ella instruye que una vida abundante no depende de que seamos moralmente buenos o de tener una «buena autoimagen» o «más autoestima». En cambio, nuestra satisfacción en la vida y tener una vida realizada que glorifique a Dios depende de nuestra relación con él y de una respuesta bíblica al problema del «yo» y de las influencias culturales que oscurecen nuestro entendimiento si no estamos cimentados bíblicamente en la Palabra.

  • Veamos varios ejemplos de cómo la Sagrada Escritura considera la «autoimagen» o «autoestima» del hombre sin Cristo:

  1. La Escritura habla sobre la autoimportancia del hombre natural, definiéndolo como polvo que fue hecho y volverá a (Salmos 90:3; 103:14).

  2. Como un mero aliento y una sombra que pasa. Un período de vida que no es nada a la vista del Señor (Salmos 39:4-5; 62:9; 144:4).

  3. Como nada y sin importancia (Isaías 40:17; Daniel 4:35).

  4. Como un vapor que aparece por un momento y luego se desvanece (Santiago 4:14).

  5. Insensato y sin conocimiento (Jeremías 51:17).

  6. Rechaza responder bíblicamente al plan de salvación de Dios, revelado a través del Señor Jesucristo (Jeremías 13:10; Tito 1:16; 2 Timoteo 3:1-8; Romanos 3:10-18).

  7. Su identidad está muerta sin Cristo (Efesios 2:1-5; Colosenses 2:13).

Estos son algunos ejemplos sobre la autoimportancia del «yo» que la Escritura tiene del hombre natural. Tal condición, como hemos aprendido, no es favorable y la necedad de este mundo es una desviación, opuesta a las Escrituras, conduciendo al hombre natural a su propia destrucción sin poder salvarse por sí mismo. Poner gran importancia a nuestra imagen fomenta en nosotros el orgullo y la insuficiencia de una autoimagen o autosuficiencia cuando en realidad somos individuos con carencias espirituales. Aun así, el hombre natural intenta fabricar su imagen interior, cuando en contexto cultural y lo que están fabricando en su corazón, como dijo Juan Calvino, son ídolos de sí mismos llenándose de jactancia y de vanidad.

  • ¿Cómo podemos ser persuadidos hacia una imagen saludable que honre a Dios?

  1. Jesucristo es nuestra identidad. Es el carácter, y no la imagen corporal, lo que define al hijo de Dios.

  2. El cristiano debe afirmarse en la verdad bíblica y no creer las mentiras que se difunden en la cultura.

  3. Debemos comprender que el desafío central radica en reconocer cómo la cultura distorsiona nuestra percepción. Así podemos entender que nuestra satisfacción en la vida depende de nuestra relación con Dios y de una respuesta bíblica al problema del «yo». Por esta razón, los cristianos necesitan darse cuenta de hasta qué punto su forma de ver y sentir respecto a su imagen corporal está siendo influida y distorsionada por la idolatría de este mundo cultural.

  • Finalmente

La autoimagen o autoestima puede ser buena si la entendemos bíblicamente, pero no lo es todo para llevar una vida plenamente satisfactoria o sentirse realizado. Jesucristo es nuestra identidad y es lo que satisface al Padre y lo que da valor a nuestro ser como corona de su creación.

Ismael Hilerio, Jr.

Determinación. Disciplina. Crecimiento.

Previous
Previous

Cuidado con las tentaciones

Next
Next

El perdón de Dios