Legalismo, el enemigo del evangelio

¿Qué es lo que requiere Dios de nosotros? Dios requiere que la justicia absoluta de la ley sea cumplida en los cristianos. Él no acepta menos que la perfección porque Él es un Dios tres veces santo. ¿Cómo, pues, es posible ser justo delante de Dios, sabiendo que no podemos cumplir con la ley? Al mirar todo el panorama del evangelio desde su comienzo en Génesis 3:15 hasta el Apocalipsis, somos más que afortunados porque Cristo cumplió la ley como nuestro sustituto. Esto implica que cuando recibimos a Cristo, Dios nos atribuye a nosotros la justicia perfecta de Cristo y nos quita el pecado.

Ahora, Dios nos mira a través de los ojos de Cristo. Así, adquirimos una perfección prestada, la cual es la base de nuestra aceptación permanente frente a Dios. ¿Por qué entonces complicarnos la vida con el legalismo religioso que imponen los fariseos del momento, que aún quieren esclavizar a sus miembros con doctrinas hechas por hombres, cuando Cristo fue el sacrificio máximo y la obediencia perfecta hasta el final, la cual nos ha dado la esperanza eterna?

¿Qué dice el Diccionario de la lengua española acerca del legalismo? Primero, el legalismo es la tendencia a la aplicación literal de las leyes, sin considerar otras circunstancias. O formalidad o requisito legal que obstaculiza o impide el eficaz funcionamiento de algo.

El legalismo es el enemigo de la gracia personificada en Cristo porque impone una lista de obligaciones que paralizan ver con claridad y eficacia la gracia inmerecida que Dios proveyó a los escogidos cuando envió a Cristo a la cruz. El sacrificio de Jesús es la única causa eficaz de nuestra salvación y no es el legalismo. La crucifixión no solo suministró la salvación, sino que la cumplió y la garantizó.

La muerte de Cristo no solo proveyó la salvación, sino que la cumplió.

En contraste con la gracia, el legalismo representa un error fundamental porque altera la razón del evangelio. Es decir, coloca nuevamente al cristiano bajo el régimen de la ley cuando el apóstol Pablo afirma continuamente a través de sus epístolas que estamos bajo la gracia y no bajo la ley. En esencia, el legalismo busca lo imposible: que la ley cumpla lo que solo el evangelio puede hacer a través de la justicia de Cristo, transformando el evangelio mismo en la ley y no en la gracia. Mas aún, la ley puede producir una conformidad exterior a sus demandas en las personas, ¡pero nunca puede salvar, ni tampoco puede producir la santificación!

Solo el evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús puede hacer esto. Por esta razón, el problema central del legalismo radica en su fundamento teológico erróneo. Asume que las obras humanas pueden, en algún grado, merecer justicia ante Dios. Esto distorsiona tanto la salvación como la santificación: la salvación deja de verse como gracia recibida por fe, y la vida cristiana se convierte en el medio para obtenerla, en lugar de ser su fruto.

Confiar en los méritos de Cristo es el punto culminante para la salvación y no un evangelio mezclado con legalismo.

Finalmente, la solución a este problema de la distorsión del legalismo radica en comprender que, puesto que la gracia de Dios nos ha redimido y renovado, estando ahora bajo la superintendencia del Espíritu Santo, debemos avanzar en nuestra vida santificada habilitados por todo lo que Cristo ha hecho. Viviendo libre y alegremente para Su gloria y gozando de nuestra relación con Él para siempre. Esto subraya que todas las doctrinas de la Reforma Protestante del XVI han llegado a la conclusión de que la salvación es por la gracia solamente, sin ninguna contribución humana, y en Cristo hemos sido justificados con su justicia.

En cambio, lo opuesto vendría a ser un evangelio distorsionado que busca ganar la salvación a través de las obras.

Ismael Hilerio, Jr.

Constancia. Disciplina. Crecimiento.

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Dios muestra misericordia y justicia