Emociones no redimidas

He aprendido a través de los años que el punto crítico es la dirección de las emociones pasajeras que aún están desnaturalizadas por el pecado. La forma en que pensamos y reaccionamos determina el curso de nuestra vida, y nuestro pensamiento se moldea por las palabras que escuchamos en la cultura posmoderna y las que pronunciamos bajo su influjo. Por esta razón, cuando las emociones permanecen sin redención, reflejan la corrupción profunda que el pecado ha introducido en toda nuestra naturaleza. Aunque la capacidad emocional en sí es buena, el pecado ha contaminado cada aspecto de nuestro ser, dejando el corazón humano caído en un estado de maldad, engaño y rebeldía. Hágase referencia a Romanos 3:10-18, que hace la afirmación de la condición natal del hombre.

La Confesión de Westminster, capítulo 6, sección 2, expresa lo que han revelado las Escrituras: «Por este pecado cayeron de su rectitud original y de su comunión con Dios, y de esta manera quedaron muertos en el pecado (Efesios 2:1-3), y totalmente contaminados en todas las partes y facultades del alma y del cuerpo». Bajo esta condición, nuestras emociones ya no se orientan naturalmente hacia Dios; en cambio, se han vuelto egoístas y nuestros efectos se inclinan hacia ídolos que usualmente fabricamos en el corazón y buscamos nuestra propia gloria en lugar de la de Dios. Es decir, nuestro propio reconocimiento ante los demás.

La Palabra de Dios es su autocomunicación poderosa y autoritaria, inseparable de Él; por ella se crea el universo, Dios ejecuta sus planes y gobierna, y Su Palabra es la única norma absoluta de verdad y moralidad.

En cambio, la Palabra de Dios es la base sustancial que transforma y guía las emociones. Esto significa que cuando las emociones entran en conflicto con la verdad bíblica, la Palabra de Dios es la regla fundamental para redargüirlas y redimirlas bajo la nueva naturaleza (2 Corintios 5:17) y reorientarlas hacia lo que es verdadero y justo. Es necesario recalcar que la Palabra de Dios es la única fuente para encaminar nuestras emociones y fuera de su consejería absoluta no hay salida ni regeneración de su condición. Por esta razón, debemos recordar que el hombre no solo vive del pan para el sustento físico, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios para nuestro sustento espiritual. Sujetar las emociones a la Palabra de Dios significa que la Biblia toma el lugar de autoridad final y el corazón aprende a responder con obediencia y gloria hacia Dios, incluso cuando las emociones todavía están en movimiento. El evangelio no solo «mejora las conductas», sino que las reorienta y ordena la vida interior con la verdad que ha sido revelada únicamente en Su Palabra.

Por ejemplo, la Palabra de Dios define lo verdadero, lo bueno y lo que Dios quiere. Define el marco bíblico a seguir y, como resultado, las emociones reaccionan dentro de ese marco evangélico y ahora pueden acompañar la obediencia o, al mismo tiempo, delatar desviaciones. Sin embargo, es importante tener en cuenta que la regeneración, la fe y el arrepentimiento ordenan el interior. La emoción no es el fundamento, sino que se alinea con la verdad y la justicia de Dios en el proceso de santificación.

Por otra parte, si las emociones no están sujetas a la Escritura, se decide por impulsos. Se usa el sentimiento como prueba de que uno tiene la razón; confunde la intensidad con verdad: creer que lo fuerte es automáticamente lo correcto; y, último, se exhibe la evasión de la obediencia: si algo exige cambios, pero el corazón que ha sido regenerado se resiste, la emoción se vuelve excusa. Como podemos ver, el problema fundamental de las emociones caídas es su carácter excesivo y desordenado. Buscamos felicidad en lo que no perdura, nos deleitamos en el mal, nos enfurecemos cuando deberíamos ser pacientes y odiamos lo que es bueno. Es como describir el conflicto interno como lo escribió el apóstol Pablo en Romanos 7:15: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago». ¡Qué polémica!

Esa desorganización emocional no representa simplemente un aspecto secundario de nuestra depravación; la corrupción es integral, afectando igualmente, como se ha expresado ya, nuestro intelecto, voluntad, conciencia y emociones, todas ellas en la necesidad de la gracia continua de Dios.

Finalmente, la gracia de Dios y sus propósitos redentores realizados en Cristo hacen que los efectos del pecado no sean irreversibles; cada una de nuestras capacidades, aunque corrompida, puede ser restaurada en el proceso de nuestra jornada con el Espíritu Santo, quien nos capacita en nuestro caminar.

En Cristo, nuestras emociones y afectos son redimidos y se convierten en aliados para amar a Dios y a otros. El creyente maduro aprende a usar sus emociones para la gloria de Dios, viéndolas como importantes, pero NO como mensajeras de la verdad; sola la Palabra de Dios tiene esa calidad, permaneciendo abierto a la eficacia espiritual que pueden ofrecerle gozo, amor y compasión. Vivir por la Palabra no significa vivir sin emociones, sino vivir con emociones redimidas y alineadas con el conocimiento de lo que Dios nos ha revelado en Su Palabra y para Su gloria, la cual nos sostiene por Su Palabra y en Su gracia continua.

Ismael Hilerio, Jr.

Constancia. Disciplina. Crecimiento.

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