Amor y justicia resplandecieron en el Calvario
La manifestación del amor de Dios no se limitó a la encarnación de Jesús, sino que alcanzó su plenitud en su muerte en la cruz, donde se convirtió en la propiciación que satisfizo su propia justicia divina.
Aquí se enfatiza el poder transformador del amor manifestado en el Calvario, donde Jesús asumió todas las cargas, permitiendo a los redimidos por Su gracia inmerecida, por Su sangre y por Su justicia, alcanzar alegría, seguridad y salvación. Es necesario recalcar que el Calvario revela el amor de Dios en su expresión más radical. Es decir, Dios envió a Su Hijo unigénito al mundo en Su sacrificio de humillación y de exaltación como propiciación por nuestros pecados. Este acto sublime de Dios no fue una respuesta a nuestros méritos, sino a nuestra necesidad. Dios nos amó incluso cuando nuestro pecado merecía Su ira y condenación, pero la historia muestra Su amor incondicional y Su justicia a la vez.
Hágase referencia (Romanos 5:8; 9:9-18; Hechos 4:27-28). Romanos 3:24-26 enseña que todos somos justificados gratuitamente por gracia mediante la redención en Cristo, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre, demostrando su justicia tanto en su tolerancia pasada como en el presente, para ser justo y justificador del que tiene fe en Jesús.
Además, habría que decir que la muerte violenta de un hombre ejecutado como criminal sedicioso sería la última manera en que uno expresaría ver una demostración de amor, pero allí es exactamente donde lo coloca el Nuevo Testamento e Isaías 53. Con esto quiero decir que ese tipo de amor no se basa en motivaciones y emociones humanas, sino que encuentra su impulso en el misericordioso corazón de Dios, que prefirió someter a Su Hijo a los horrores terrenales antes que condenar y perecer a un pueblo escogido por amor (Efesios 1:3-6). Por esta razón, la cruz de Jesucristo es el amor de Dios que cruzó el abismo, para no dejarnos abandonados ni separados de Él. No hay ningún otro puente mediante el cual se pueda cruzar de la muerte a la vida, según Juan 5:24:
«De cierto, de cierto os digo, el que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida». Jesucristo es la única puerta hacia el Padre (Juan 10:9). No te confundas con los idealismos filósoficos para negar esta verdad absoluta..
Al comienzo del versículo se muestra una afirmación confiable y segura cuando expresa «De cierto, de cierto». Es decir, Jesús, poniendo Su sello trinitario a tal declaración, no titubea si creemos y confiamos en Él solamente para la salvación; es la afirmación de que la gracia de Dios nos resguardará hasta el día de Jesucristo de Su venida. Tal afirmación también está acompañada con Juan 6:37-40:
Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que a Mí viene, no lo echo afuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida». Al igual que Juan 5:24, la doble o triple afirmación se encuentra en la declaración de Jesús en Juan 6:37-40. Creer en Cristo Jesús da seguridad eterna.
Solo quedando limpios de nuestro pecado se nos permite, por Su gracia inmerecida, ser reconciliados con Dios y relacionarnos correctamente entre nosotros. La palabra que Dios utiliza para describir este acto y la relación correcta con Él y los demás es «Amor que resplandeció en el Calvario», que jamás ha sido conocido: amor incondicional para todos aquellos que se arrepienten y creen en Jesucristo.
Finalmente, no puedo pasar por alto que la cruz también reveló la justicia de Dios al demostrar cómo Dios podía perdonar pecados anteriores mientras mantenía su propia rectitud personal. El problema teológico ha sido profundo: la justicia de Dios exige que todo pecado sea castigado, pero Dios contuvo su juicio durante siglos en bondad y paciencia. ¿Cómo Dios entonces podía ser justo sin ejecutar la pena? La respuesta está en la sustitución vicaria de nuestro Señor Jesucristo, Su Hijo amado, el Mediador entre Dios y el hombre. Además, habría que decir también que la Divinidad entera se involucró en el autosacrificio, donde la santidad y el amor, la justicia y la misericordia permanecen verdaderas a sí mismas en el acto de salvar a los escogidos—revelación y restauración, abnegación y juicio, reconciliación y victoria, todo presente en la muerte de Cristo donde manifiesta que la salvación ha sido el proceso trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo: Es el Padre quien nos adopta como hijos y herederos. Es el Hijo quien ha pagado enteramente por todos nuestros pecados con el derramamiento de Su sangre en la cruz, haciéndonos justos ante Dios. Y es el Espíritu Santo quien nos hace partícipes de lo que en Cristo poseemos eternamente, renovándonos en santidad y capacitándonos al mismo tiempo para el servicio del Señor.
En el Calvario, la justicia y la misericordia se unen de manera indisociable: la justicia no destruye la misericordia, ni la misericordia destruye la justicia. Cristo llevó el juicio que merecemos para traernos el perdón que no merecemos, de modo que la misericordia divina y la justicia fueron igualmente expresadas y eternamente reconciliadas.