Lenguas no refrenadas
Con frecuencia, la murmuración contra un ser humano es una forma encubierta de murmuración contra Dios. Esto se debe a que poseemos la imagen de Dios en nosotros.
No dirás falso testimonio contra tu prójimo (Deuteronomio 5:22). O, murmures.
La murmuración es fundamentalmente una conversación que perjudica a una persona que no está en medio de los que susurran, que por desgracia está frecuentemente acompañada de difamación intencional. Suele manifestarse mediante palabras duras y desacreditantes dirigidas contra quien no puede defenderse, revelando no solo el pecado de la murmuración, sino que manifiesta una actitud de cobardía. Lo expreso así porque hubo quienes se hallaban murmurando sobre mi relación con mi hijo sin tener ellos una perspectiva clara de lo que había ocurrido en el pasado. Aunque el término de la murmuración evoca un sonido suave —como el viento entre las hojas para no desenmascarar su estado de condición—. En castellano significa hablar entre dientes manifestando queja o disgusto, lo que la hace particularmente insidiosa o traidora; revelando deshonestidad.
La Escritura revela la naturaleza destructiva de esta práctica. El daño causado cuando las personas andan murmurando sin tener conocimiento de lo que ocurrió en el suceso. Difunden rumores—utilizando la misma lengua con la que adoran al Señor; la usan para herir en lugar de sanar o establecer un comentario constructivo, en lo cual no se repara fácilmente. Santiago dice que «la lengua es un fuego, un mundo de maldad y está puesta entre nuestros miembros y es la que contamina el cuerpo entero». Prende fuego al curso de nuestra vida y es inflamada por el infierno» (Santiago 3:6).
Han identificado en la persona, lo que decimos en Puerto Rico, la mancha de plátano que es difícil de remover, así como es difícil de remover en la pared el hueco donde el clavo fue clavado.
La murmuración es un veneno que se asimila con gusto, y existe siempre porque hay alguien dispuesto a escucharla y alimentar su corazón depravado. Por lo tanto, erradicar esta práctica requiere, estando bajo la superintendencia del Espíritu Santo, cultivar continuamente el gran mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer y gran mandamiento. El segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo como fundamento de la vida cristiana. Y tercero, —porque la imagen de Dios está en ti como en tu prójimo—, énfasis mío. La cual debemos respetar.
Finalmente, desde la posición de Santiago 1:26, si alguien parece ser religioso y no refrena su lengua, sino que engaña a su corazón, la religión del tal es vana. Seamos cuidadosos con nosotros mismos, es decir, el cuidado personal y la vigilancia sobre nuestras propias palabras y actitudes son fundamentales para mantener una integridad coherente con la fe.
¡Busquemos agradar al Señor, nuestro Rey!
